OTOÑO

Este blog contiene temas de Orientación Familiar, (educación y familia) Antropología filosófica, Religión y poesía. Todo ello con sentido común y, con frecuencia, con sentido de humor.



29 de febrero de 2012

EL DIÁLOGO CON LOS HIJOS EN LA EDAD ESCOLAR

Francisco-M. González*

En la actualidad los niños comienzan su escolaridad mucho antes. A los tres años inician Educación Infantil, algunos sin haberlos cumplido. Voy a referirme al diálogo con los hijos en la edad escolar por excelencias, la que los maestros y pedagogos llaman “edad de oro de la educación” entre los ocho y doce años, las niñas más o menos un año antes, -porque las mujeres siempre van delante en todo-. A esta edad, tanto los niños como las niñas, suelen ser estables, tranquilos, con intereses centrados en actividades ortodoxas: estudio, deportes, amigos –más bien camaradas o compañeros, no es propiamente la edad de la amistad –, por conocer y saber cosas.

En estas edades no suelen dar muchas preocupaciones a no ser por las notas. Escuchan a los padres, aceptan sin críticas los valores dados por los adultos y, a la vez, sienten curiosidad por todo, quieren saber. Por lo tanto hay que aprovechar esta edad para su educación y hablar mucho con ellos. No debemos perder de vista, que después les viene una edad difícil, la crisis de la pubertad y la adolescencia, en la que no escuchan a nadie.

En esta etapa –previa a la del “pavo”- acostumbran a estar más centrados en la calle que en la casa. Pasan la mayor parte del día en el colegio, en las actividades extraescolares y con los compañeros (ellos dicen amigos o amigas), se entretienen solos. Como no acostumbran a dar la lata, y si el niño es estudioso, a veces, nos olvidamos de ellos. Por eso insisto en que hay que dedicarles tiempo, dialogar con ellos y saber por dónde se mueven porque nos pueden dar una sorpresa nada agradable.

Si tenemos en cuenta sus intereses, aunque cada niño es un mundo, hay infinidad de temas de conversación a esta edad, personalmente soy de los que pienso que con un hijo o una hija no debe haber temas tabú. Por ejemplo, sin entrar a palo seco en ese tema tan trascendental como el de las notas, sin dar la sensación de que es lo único que preocupa a los padres, podemos interesarnos cómo le van las clases, qué tal los profesores, qué asignatura le apasiona. La marcha de la liga, su equipo favorito - no asustarse si un hijo es forofo del Barça y el equipo de uno es el Madrid-; aquella película o aquel programa de televisión que no vimos juntos, aquel compañero/a o amigo/a que le preocupa. Del amor y de la sexualidad, teniendo en cuenta el nivel de madurez del chico o de la chica, hay que darle la información y la formación adecuada con toda delicadeza y naturalidad, para que no se lleven ningún tipo sorpresas y que no vean en ello ningún misterio o cosa rara, además fortalece muchísimo la confianza y el cariño con los padres.

Estas ideas pueden servir para consolidar el diálogo que habíamos iniciado con ellos a través de los juegos y de las historias o de los cuentos para dar consistencia a aquel clima de comunicación y confianza que nos va a llevar a una amistad con nuestros hijos, sin dejar de ser padres, insisto. Aprovechar todas las oportunidades: viajes, excursiones, tertulias familiares, paseos, ratos de ocio, o en la hora de estudio, si se ven apurados. Es importante que sepan que estamos disponibles. Esto va facilitar y favorecer la comunicación con los hijos en la adolescencia. Y por supuesto para siempre, lo que va a dar tanto padres como a hijos, una verdadera felicidad, a pesar de los avatares de la vida.

*Orientador Familiar

25 de febrero de 2012

EL CORAZÓN QUE SUFRE. APROXIMACIÓN A LA VIDA Y OBRA DE SIMOME WEIL. II (París 1909- Londres 1943)

Iván López Casanova.



4. FILOSOFÍA DE SIMONE WEIL: LA GRAVEDAD Y LA GRACIA.

Se ha comentado ya que Símone Weil parte de una formación filosófica muy influenciada por su maestro Alain, el cual concede mucha importancia a la voluntad. Este pensamiento ético recibido de su maestro se podría resumir en que cada persona tendría que tener una voluntad fuerte, y con ella pelear por un mundo justo, –superando las dificultades y poniéndose al lado de los vencidos. Pues bien, partiendo de estos planteamientos voluntaristas, sus experiencias vitales la llevaran a corregirlos y establecer un pensamiento propio, original.
En primer lugar, a raíz de su experiencia en su año en la fábrica – en un trabajo muy duro, muy impersonal –, Weil escribe en carta a un amigo dirigente sindicalista que se suscitó en ella “lo que menos hubiera podido esperarme: la docilidad. Una docilidad de animal resignado. Me parecía haber nacido para esperar, para recibir, para ejecutar órdenes – como si toda mi vida no hubiera hecho otra cosa–. No me siento orgullosa de confesar esto”. Y la conclusión extraída le produce asombro en primer lugar a ella misma, pues jamás hubiera suscrito este postulado de partida, sino que más bien hubiera pensado en sentido contrario.
Además, también resulta sorprendente la sinceridad que desprenden sus escritos en relación con sus experiencias en la Guerra Civil española, cuando anota que “los crímenes me horrorizaban, pero no me sorprendían; percibía en mí misma la posibilidad de cometerlos. Más aún: era esa percepción la que me causaba horror”. En la citada biografía de Petrement se recoge: «“No debías sentirte a muy a gusto”. Y ella contestó: pues sí, lo estaba, y es que en esos momentos todo parecía natural»
¿Se entiende ahora que escribiera en el poema antes citado: “¿de qué nos sirve la voluntad?” Sin despreciarla, la acción humana dependerá más de una gracia que supere la fuerza de la gravedad –más adelante se explicará el contenido filosófico que Weil da a este término–, que del puro y simple ejercicio de la voluntad. Su biógrafa escribe: “Hablamos de Alain. Seguía profundamente apegada a su persona, pero pensaba que a su doctrina le faltaba algo. «El error de Chartier (Alain) –– me dijo –– es haber rechazado el dolor»”. Quizás este rechazo del dolor sea también una carencia del pensamiento de muchos otros filósofos, se podría añadir como reflexión personal.
Estamos ahora en condiciones de abordar el pensamiento de Simone Weil. Para realizarlo me serviré de la brillante exposición de Begoña Eguiluz en su artículo Simone Weil: la vida como metáfora:
Para Simone Weil, «la filosofía es, como para los antiguos griegos, tarea de dilucidación de aquello que, de verdad, Es. Un quehacer que, como entendía Platón, orienta la totalidad del ser humano, no sólo su alma hacia lo que, traspasando la pura apariencia, entronca firmemente en la realidad.
»Dos fuerzas reinan en el universo: la luz (la gracia) y la gravedad. En esta frase tan breve se condensa su intuición filosófica fundamental: La gravedad es el movimiento propio de lo material (un movimiento hacia abajo) La ley que rige el movimiento de los cuerpos. Es también la característica esencial del modo de ser en el mundo, es decir de la existencia. La gravedad es lo propio de la naturaleza. En el mundo todo está sometido a las condiciones de este movimiento incluso la materia psíquica del ser humano. La Gravedad es, por decirlo de otra manera, el otro nombre de lo que desde antiguo la filosofía llamó necesidad.
»Este concepto apunta a todo aquello que no puede ser de otro modo y que, por consiguiente, puede existir solamente de un modo. Lo real necesario (lo existente en el mundo) expresa así el encadenamiento de causas y efectos a lo que lo existente no puede sustraerse de ninguna manera. A este concepto fundamental se asocia el de fuerza; el aspecto que la necesidad adopta en el marco de las relaciones humanas, ese elemento que, a lo largo de la historia, resulta siempre necesariamente vencedor , puesto que traduce en el plano de lo humano ese movimiento ciego y mecánico que es el propio de la naturaleza.
»El concepto contrario al de gravedad, lo constituye eso que Weil llama luz (gracia). Este movimiento se asocia con el ascendente. El movimiento propio de las alas. Aquello capaz de elevar lo pesado, de hacer ascender lo grave, contraviniendo, así, el movimiento hacia abajo, propio de lo material. El pensamiento de Simone Weil fluye impulsado por el motor de conceptos contrarios como los que acabo de nombrar. Pero, esto no significa, dualidad simple ni maniqueísmo. Así como las alas son capaces de elevar el cuerpo todo, la gracia es capaz de elevar lo material transfigurándolo. La Gracia no hace desaparecer la necesidad propia de lo existente, no elimina la fuerza, pero sí puede conseguir una operación aparentemente contradictoria; que la materia “deje de ser lo que es sin dejar de ser”. Es decir, se eleve hasta otro plano más allá de lo natural.
»Esta operación es algo que ocurre única y exclusivamente en el interior del ser humano al que se entiende como puente de unión de ambos polos, gravedad y gracia. El ser humano pues, se constituye en el único “lugar” en que se hace perceptible lo que existe en el mundo y, a la vez, lo que aquí en el mundo existe “sólo como ausencia”. Lo humano es, pues, el espacio de la experiencia tanto de la necesidad y con ello, de la impotencia, como de la libertad, entendida como la capacidad de orientar su alma, única forma de libertad accesible al ser humano según la filósofa, hacia la ausencia de lo que se siente como una dolorosa y permanente hambre que el alma se niega a pretender saciar con lo que no es sino, ilusión de alimento. Es el hambre de bien-belleza y verdad absolutas. El alma bien orientada se negará a satisfacer esa alma con sucedáneos, o, al menos, tomará conciencia dolorosa de que estos no son sino falsos alimentos, de que en este mundo no es posible encontrar el alimento que sacie, de verdad, esa hambre. Es esta orientación del alma la que hará posible la apertura hacia la gracia.
»El amor, como dirección es lo que hace posible la actuación de la gracia. Sólo entonces podemos evitar trasmitir el mal necesario. Sucede esto, cuando en una situación de clara desproporción de fuerzas, el fuerte es capaz de tratar al débil como a un igual. Hace posible también que en situación de desgracia, el ser humano no sea destruido y no se vuelva, así, un cooperador necesario del mal respondiendo a la ley por la cual” Uno devuelve lo que recibe”, de acuerdo a la “ley de la gravedad”. Sólo el amor puede impedirlo.
»El amor en Weil tiene algunas características que es conveniente señalar para entender por que sólo a través de su presencia puede operar la Gracia, esa que impide la transmisión del mal aunque no pueda impedir su padecimiento.»
En resumen, Weil, al igual que sus admirados filósofos griegos estoicos, subraya la importancia de comprender que la vida humana conlleva hacer algunas cosas junto con el padecer otras muchas. En la actualidad se acentúa el actuar, pero el hombre se engaña al restarle importancia a la dimensión pasiva de la vida humana. Esta será la perspectiva que abordaremos en las conclusiones finales. Los griegos, afirma la pensadora francesa, captaron de lleno el núcleo de la vida humana al comprender que nuestra patria es nuestro destierro, y que, por tanto, hay que construir la vida contando con ello, sin engaños y sin decepciones cuando el destino, la gravedad, impone su ley, y comprobamos la dureza de su fuerza.
Si comprendemos el transcurrir de la vida humana en estos términos, podemos romper ese círculo por medio de la gracia. Si, por el contrario, no entendemos la condición humana así, nos hallaremos perdidos en relación a la condición íntima del transcurrir humano, y por ello la gracia no podrá hacer su aparición en nuestra vida. Quizás se entienda mejor esto meditando en el contenido de esta rotunda y bella sentencia de Simone Weil: “La capacidad de prestar atención al que sufre es muy rara y difícil; es casi un milagro; es una capacidad que casi ninguno de los que creen tenerla la tiene en realidad”.

5. CONCLUSIONES FINALES.
El pensamiento de Simone Weil puede servir para obtener consecuencias importantes en relación al obrar ético personal y, por tanto, para el logro de la plenitud vital que todos deseamos. En especial, pueden servir para valorar la dimensión pasiva del ser humano, y realizar una mirada fecunda sobre esta cuestión, que a la Modernidad filosófica se le pasó –como la cara oculta de la luna– prácticamente inadvertida. En este sentido se propondrán algunas cuestiones prácticas.

A. LA ACEPTACIÓN.
El hombre para desarrollar su plenitud tiene que desplegar su libertad. Nadie es feliz si no actúa libremente. Pero la libertad humana tiene dos caras, como un Jano bifronte: una es la libertad de elegir, y otra la libertad de aceptar. Y quizás, esta segunda actividad sea más decisiva, por más frecuente, en el orden de nuestra felicidad. Qué importante es comprender que en la vida humana hay que aceptar como decisión libre muchas circunstancias que no podemos cambiar – el concepto de gravedad de Simone Weil viene aquí como de la mano–. Entonces, podemos ser felices y al superar nuestra desdicha, desplegar la gracia para con los demás, percibir sus dolencias y atenderlas. También, trataremos de cambiar estas circunstancias, pero desde su aceptación y en el tiempo en que ello sea posible.
Si, por el contrario, no aceptamos las situaciones que la gravedad nos impone –aunque, de momento, nos parezcan duras e injustas– estaremos quemados; Las personas que no aceptan con realismo la dureza de la vida, y se van decepcionando con el paso del tiempo, en el fondo al comprobar el peso de la gravedad, se van volviendo viejas en su alma, van perdiendo sus sueños y se van haciendo cínicos. Nunca percibirán la llamada del dolor ajeno, que se emite con una voz suave casi siempre, y no podrán ejercer la gracia con los demás.

B. LA ATENCIÓN.
“Una condición de la extrema belleza es la de estar casi ausente, o por la distancia o por la fragilidad. Los astros son inmutables, pero están lejanos; las flores blancas están ahí, pero ya casi destruidas”. Otra de las conclusiones que podemos obtener de esta reflexión sobre la pasividad que conlleva el vivir humano para enriquecernos es la que encierra esta preciosa frase de Simone Weil: la belleza solo se revela a la persona que vive con atención. O dicho de modo contrario, al frívolo, al superficial, al precipitado, al que pierde mucho tiempo en la televisión viendo programas banales o leyendo revistas babosas nunca se verá enriquecido por la belleza.
Es importante vivir con atención. A este respecto resulta interesante reflexionar sobre la siguiente anécdota real. En Nueva York se realizó es siguiente experimento aprovechando que un célebre músico celebró un concierto de violín que resultó extraordinario y que, además lo ejecutó con un maravilloso Stradivarius, que era un instrumento maravilloso. Al artista le propusieron que tocara esas mismas piezas en el metro de Nueva York al día siguiente, pero disfrazado con ropas andrajosas de mendigo. Estuvo toda la mañana, recogió unos treinta dólares y sólo dos personas se pararon más de un minuto. No quiso cobrar nada. Pero contó que había quedado impresionado porque le habían dado una lección: lo más bello, lo más extraordinario puede estar pasando a nuestro lado y no lo venos, nos falta capacidad para verlo.
Este sucedido nos puede servir para tomar la decisión ética de decidir siempre por la búsqueda de la belleza y capacitarnos con formación para superar el asalto de la banalidad, de la superficialidad en la que estamos en la sociedad en la que vivimos si no hacemos algo en sentido contrario. Por ejemplo, leer más, pensar, más y no perder tanto tiempo, pueden ser unas buenas pautas a seguir.

C. EL COMPROMISO
“La experiencia de lo trascendente es algo que parece contradictorio, y sin embargo lo trascendente sólo puede conocerse por contacto, puesto que nuestras facultades no pueden elaborarlo”, escribe Simone Weil, y en este aforismo, se esconde un auténtico filón para abordar las verdades de orden artístico, ético y religioso; en otras palabras, aquellas verdades que trascienden al hombre, pero que le resultan fundamentales, pues de ellas cuelga su felicidad. Estas verdades n se pueden asaltar activamente, sino que se nos dan pasivamente cuando nos ponemos en contacto con ellas por medio de nuestro compromiso. De nuevo surge otro rasgo fecundo de la comprensión de la persona humana como ser pasivo.
A modo de ejemplo, sirva el siguiente. Si uno decide asistir a un asilo y participar en una actividad de voluntariado ejerciendo la gracia, colocándonos en el lado de las víctimas, podríamos decir con el lenguaje de nuestra pensadora, al principio no poseeremos la experiencia ética maravillosa de gastar unas horas sirviendo a los ancianos. Es más, quizás en los primeros momentos, sentiremos en nosotros todo el peso de la gravedad sin ninguna piedad – malos olores, sensación de asco, etc. –. Pero será por este contacto por el que la gracia ejercida nos llenará de plenitud y entonces llegará a nosotros el éxtasis preñado de felicidad de la experiencia ética: una profunda felicidad invadirá nuestra vida, sin que por ello hayamos dejado de sentir el peso de la gravedad (los enfermos siguen oliendo mal, se quejan cuando les hacemos algunas curas, etc.).
Efectivamente, las realidades que enriquecen a las personas humanas, les trascienden, no depende sólo de ellas: el amor; la amistad en sus diferentes formas; la plenitud que se obtiene cuando uno realiza una acción generosa respecto al prójimo; la experiencia estética que nos hace sentir la eternidad y nos deja rebosantes de gozo, de tal forma que desearíamos paralizar ese instante; la experiencia de lo religioso, de la cercanía de un Dios amado, que le da sentido al dolor, a la muerte, etc. Todas estas realidades tienen un lenguaje racional que está expuesto magistralmente en la sentencia anterior, cuando se afirma que: “sólo pueden conocerse por contacto”.
Quiere decir esto además, que no se puede esperar a poseer esa experiencia, y una vez poseída actuar en consecuencia, sino que, por el contrario, primeramente hay que comprometerse como decisión personal, para romper el círculo de la gravedad, ejercer la gracia y contactar con lo artístico, con lo ético o con lo religioso, sin tener aún la experiencia suficiente. A partir de ese contacto gratuito (actuación de la gracia, en expresión de nuestra filósofa, se podría decir), entonces sí que nos llenaremos de estas verdades trascendentes (un pensador español, Rof Carballo, las denomina con un término especialmente adecuado y bello: realidades mensajeras)
Es difícil exagerar la importancia de la comprensión de este abordaje de las realidades trascendentes, pues el que no lo conozca, puede pasar por la vida con una gran carencia de las experiencias que de verdad la llenan de plenitud. Por el contrario, entender la importancia del comprometerse para recibir su verdad, puede ser el fruto de valor incalculable que se obtenga de la vida y obra de Simone Weil, pues ella no dudó nunca en comprometerse de lleno con una vida que seguirá llenando de asombro a todos cuantos se asomen a su obra.
Se adjunta como colofón el último poema escrito por Simone Weil, que es el más conocido, en el que trata de resumir su pensamiento filosófico y al que se han hecho referencias en estas páginas.



LA PUERTA

Abridnos, pues, la puerta y veremos los vergeles,
Beberemos su agua fría allí donde la luna ha dejado su trazo.
La larga ruta quema enemiga a los extranjeros.
Vagamos sin saber y no hallamos el lugar.

Queremos ver las flores. Aquí la sed pende sobre nosotros.
A la espera y sufriendo, henos aquí delante de la puerta.
Si es preciso romperemos esta puerta con nuestros golpes.
Golpeamos y empujamos, pero la barrera es demasiado fuerte.

Es necesario languidecer, esperar y contemplar vanamente.
Contemplamos la puerta; está cerrada, inquebrantable.
Fijamos en ella nuestros ojos; lloramos bajo el tormento;
No dejamos de mirarla; el peso del tiempo nos abruma.

La puerta está ante nosotros, ¿de qué nos sirve la voluntad?
Vale más marcharse y abandonar toda esperanza.
Jamás entraremos. Estamos fatigados de verla.
La puerta, abriéndose, dejó pasar tanto silencio


Que ni los vergeles ni ninguna flor han aparecido;
Sólo el espacio inmenso donde habitan la luz y el vacío
Se hizo de súbito presente de parte a parte, colmó el corazón,
Y lavó los ojos casi ciegos bajo el polvo.


13.02.2012
*Médico (cirujano) y filósofo

21 de febrero de 2012

MI PUNTO DE VISTA

Leonardo Ruiz del Castillo*
Iglesia Nivariense febrero 2012, núm. 12

Si nos aventurásemos a hacer balance del pasado año 2011, ya en los primeros análisis veríamos que ha continuado la destrucción del empleo y por tanto se ha incrementado casi en un punto el porcentaje de personas bajo el umbral de la pobreza o en riesgo en Canarias, hasta alcanzar la cuota del 32% (recordemos que en 2010 el INE nos dijo que estábamos en el 31.1%). Pero eso me lleva a profundizar aún más y obtener datos trágicos como son que el 40% de los menores de edad, están en ese umbral... y los mayores de 65 años, en un 38% (sepamos que son quienes perciben pensiones no contributivas), y en el caso de los menores, hablamos de que la consecuencia no es ni más ni menos que la de tener en sus casas carencias básicas por el desempleo de los padres... Y todo eso pasa porque el paro ocasiona inevitablemente un corte brutal de ingresos en una familia, en una casa...

Por eso me agrada saber que en Canarias se ha creado la “Estrategia Canaria de Formación y Empleo (ECFEM) 2012-2014” y albergo la esperanza de su consolidación, porque si los acuerdos entre Gobierno Autónomo, sindicatos y organizaciones empresariales de las Islas cuajan, estaremos ante una apuesta firme y ejemplar para combatir el paro, además de ser una herramienta fundamental para fijar las pautas a seguir dentro de las políticas activas de empleo que no deben tener otro objetivo que el de reducir la tasa de desempleo creando puestos de trabajo. Van a ser tres años cruciales para crear empleo en Canarias. Es hora de que vayamos abandonando el vagón de cola de un tren cuya locomotora no vemos nunca y que nos arrastra y casi nos va dejando tirados por el camino. Canarias registra una de las tasas de desempleo más altas del Estado: 30%, en dos fases: en el aspecto expansivo de nuestro nivel económico y en el proceso desacelerativo.

Me satisface comprobar que dentro de ese acuerdo alcanzado sobre el empleo, hay un firme y decidido compromiso adquirido por las partes para “elaborar y aprobar un plan de acción específico contra el desempleo juvenil, durante el primer trimestre de este 2012, así como el comienzo de los trabajos necesarios para modernizar el Servicio Canario de Empleo, reducir las actuales tasas de desempleo en Canarias y fomentar la formación mejorada para lograr las condiciones de empleabilidad de quienes no tienen un puesto de trabajo en nuestras Islas”.

*Director de Cáritas

Diocesana de Tenerife

OCIO Y TIEMPO LIBRE EN EL MATRIMONIO

Francisco-M. González*

Todos los orientadores familiares y psicólogos expertos en relaciones conyugales, que conozco, insisten mucho en este tema. El tiempo libre en el matrimonio para muchos es un “bien escaso” y para otros que disponen de tiempo libre, no saben que hacer con él. Claro que todo depende de los gustos, preferencias o posibilidades de cada uno, pero insito que es importante y que hay que tenerlo en cuenta, basta un poco de imaginación. Pienso que hay que tener en cuenta tres o cuatro aspectos:

Respetar la zonas de autonomía, que no debe confundirse con vivir en paralelo, porque compartir es la base de la convivencia. Pero hay determinados aspectos que hay que respetar por encima de todo, por ejemplo la conciencia personal de cada uno, o el núcleo de la intimidad de la persona; “se debe ser marido o mujer, pero no el psicólogo, el psiquiatra director espiritual”, escribe el conocido psiquiatra y profesor de la Universidad Internacional de Barcelona. A veces, ¡salta la chispa! empiezan a discutir de religión, ninguno es teólogo, pero como si lo fueran y lo ideal es que cada uno viva la religión de una manera responsable, con libertad personal y compromiso. Por eso debe haber un tiempo para cada uno, -que se debiera delimitar ya en el noviazgo- para jugar al tenis o al paden, ir a la peluquería, a las rebajas , hablar con los colegas o los amigos, asistir a actos de piedad o jugar al mus...

Ratos de ocio como pareja: cuando ya hay hijos, esto es muy importante. Es absolutamente necesario que marido y mujer busquen ratos de ocio y tiempo libre, los dos solos, porque es el ámbito en que dos personas se encuentran. No para hablar de los hijos ni para sacar la navaja para pelearse pelear, leer la lista de agravios o pasarse facturas no pagadas, sino simplemente para pasarlo bien. Simplemente para mirarse, ¡mimarse a los ojos y sonreír!, para sacar lo mejor que cada que lleva en su intimidad y compartirlo. Para ello nada mejor, que aprender a escaparse, como de novios, a tomar una copa, hablar, hablar, hablar y bailar...

Con los hijos y con la familia. Cuando los hijos son pequeños es fácil, pero cuando van siendo adolescentes huyen de los padres y quieren salir con los amigos. De todos modos esto es muy importante para la cohesión de la familia; favorecer el diálogo y la confianza con los hijos (por la importancia que tiene el tema lo dejo para otro artículo).

Con respecto al resto de la familia, es otro tema que también se debiera de resolver en el tiempo de noviazgo: Las visitas, llamadas, chuletadas,...en casa de los padres, de los suegros, y hasta de las cuñadas. ¡Ojo! que esto suele originar más conflictos de los que parece, y más aún, si no se habla. Los padres o los suegros no sólo de debieran de utilizar como “canguros”, además se les hace muy felices si de vez en cuando se les visita. Lo mismo que al resto de la familia, hay que buscar algún motivo o celebración agradable para estar juntos u celebrarlo. No dejarlo solamente dejarlo para los acontecimiento solemnes como boda o funerales.

Es importante mantener las relaciones los amigos: ¿Quiénes entran a la casa? ¿Sólo los amigos de ella? ¿Sólo los compañeros de trabajo de él? ¿Es una casa abierta, semiabierta, cerrada? ¿Hemos perdido amistades desde que nos casamos? ¿Tenemos facilidad para hacer amigos?, ¿Cenamos, a veces, fuera con otros amigos? ¿Hay ruido y televisión por el medio a todas horas o se oye música?...

Un matrimonio encapsulado es muy probable que aparezcan problemas. La rutina empobrece, aburre y, a veces es lo que lleva a buscar la distracción “buscándole tres pies al gato”...

*Orientador Familiar

18 de febrero de 2012

NO HAY LÍMITES PARA SOÑAR



DESDE CÁRITAS DIOCESANA DE TENERIFE

Leonardo Ruiz del Castillo*


NO HAY LÍMITES PARA SOÑAR. Es el lema de la campaña que a nivel regional inició Cáritas el pasado día 26 de enero. Campaña que tiene un objetivo: buscar colaboradores activos en nuestro Archipiélago; es decir, personas que con pequeños gestos como ser voluntario, hacerse socio, realizar donaciones, etc. contribuyan a mejorar el bienestar de tantas y tantas personas que cada día acuden a las dependencias de Cáritas en estos peñascos del Atlántico y que merecen, cuando menos, que quienes puedan se ocupen de ellas. Porque la situación por la que pasan muchas familias de estas islas no se la han buscado ellas, sino que les ha sobrevenido como consecuencia de la crisis mundial que nos ha afectado más a unos, que a otros.


Voy a facilitarles a quienes quieran colaborar con la Campaña, cómo pueden hacerlo. En nuestra Provincia, llamando al teléfono 922-277-212 o bien por colaboración económica a la cuenta corriente en CajaCanarias 2065-0002-10-1400003968.


El pasado mes de enero, en las páginas de este diario y en el primer párrafo del “Desde Cáritas”, decía: “más vale que no leamos prensa, que no veamos televisión ni oigamos radio, porque entonces sí que nos tirarán por tierra nuestras ilusiones y esperanzas”. Pues ha ocurrido. Y además, que la noticia ha caído no como un jarro de agua fría, que también, sino como un mazazo sobre miles de familias sin recursos en nuestro Archipiélago. Porque el último día del mes de enero, podíamos leer titulares como: “El 35% de los canarios está en riesgo de pobreza y exclusión social”. Y aún teniendo conocimiento del dato con anterioridad, viendo ese titular, uno siente como un puñetazo en la boca del estómago, deja el cortado sobre la barra del bar, paga y sale de allí cabizbajo y haciendo números que no cuadran, pero con una cifra tan grande que la multiplicación se repite varias veces a ver si hay errores: más de 740.000 personas aquí, entre nosotros, en riesgo de pobreza y exclusión social. ¿Alguien ha analizado eso? ¿Se han parado a pensar que esa cifra representa que casi cuatro canarios de cada diez están en esa situación?


Escalofríos me dan y tristeza, mucha tristeza porque me hundo ante una familia en esa situación, y tenemos a más de 240.000 familias a punto de caer en la pobreza, si ya no lo están. Porque quien no puede hacer frente al alquiler o hipoteca de su casa en su totalidad, no puede afrontar gastos imprevistos, no puede comer carne al menos tres veces a la semana, permitirse una semana de vacaciones al año, como mínimo; tener lavadora, televisor en color o un teléfono fijo o móvil, ya es que lo está pasando mal. Pero es que escribiendo estos datos me acuerdo de quienes ni siquiera han podido comer carne desde hace meses… o aquellas familias que pueden únicamente alimentarse de pan, como tuve la desgracia de ver personalmente y poder contárselo a los incrédulos, que los hay. Y si analizamos los datos facilitados por EAPN, que es la Red Europea de lucha contra la pobreza y la exclusión social, vemos que hemos dado un salto brutal en un año, porque de 567.520 personas (27,6%) en pobreza año 2009, hemos ascendido a 647.212 (31,1%) en 2010 y a 743.840 (35%) en 2011; el 7,7% en dos años.


Y ya, cuando uno lee el testimonio de un estudiante de la Universidad que dice: “Hoy, mientras iba a coger el coche para ir a la Universidad, he visto a un chico más o menos de mi edad, vestido con ropas viejas, con una bicicleta vieja, y con una caja atada a la parte de atrás, buscando de contenedor en contenedor de basura, algo que le pudiera resultar de utilidad para comer o vender”. O escucha: “Hoy por hoy, los jóvenes, no tenemos futuro en nuestro País”. Eran palabras de una Licenciada en Económicas, en paro, comiendo en un comedor social de Madrid. ¡Qué tristeza!... ¡qué pena!... ¡qué vergüenza! que una joven de 29 años diga esas palabras… Estamos en la España del “apañado” que te reparaba desde el cubo de zinc hasta el zapato roto… hace 60 años… Hemos retrocedido en el tiempo y veo de nuevo aquella España triste, aquellos hombres sin futuro, aquellos jóvenes que dejaban los estudios y entraban de aprendices para eso, aprender un oficio que le permitiera ayudar en la economía familiar… Hemos sido malos estudiantes y no hicimos los deberes adecuadamente, nos lo hicieron otros o nosotros, pero copiando. Del comprar-tirar-comprar estamos en el “si compro y se rompe, reparo y sigo usando”. De la llamada telefónica que nos hacía el comercial de un banco ofreciéndonos cientos de euros a pagar como quisiéramos, a la llamada del director de ese banco, amenazándonos con los servicios jurídicos porque debemos tres cuotas de la hipoteca, o la cuenta lleva un mes en descubierto… Del gastar y gastar, comer fuera todos los fines de semana, al mal comer para ahorrar, porque “no se sabe qué pasará”.


“Si, como parece, estamos condenados a ser otra vez pobres, nos conviene recuperar la estampa de las mujeres y los hombres sin abrigo que cruzaron el frío de nuestra infancia. No para asumir que tendremos que volver a vivir como ellos, sino para aprender las lecciones que podamos extraer de su experiencia. En el umbral del pavoroso abismo que se lo traga todo, las fotografías antiguas se tiñen de una pequeña y profunda ternura. A los españoles no se nos ha dado bien ser ricos, pero hemos sabido ser pobres con dignidad durante muchos siglos, y aquí seguimos estando”; decía en un artículo Almudena Grandes. Y no le falta razón.


De nuevo, como la esperanza es lo último que debemos perder, “NO HAY LÍMITES PARA SOÑAR”. Les agradezco que nos ayuden para ayudar, porque muchos esperan un algo, aunque sea poco, de quienes tienen un algo más que ellos, y quieren compartir con ellos, un poco. Gracia



*Director de Cáritas Diocesana de Tenerife

16 de febrero de 2012

EL CORAZÓN QUE SUFRE. APROXIMACIÓN A LA VIDA Y OBRA DE SIMOME WEIL. I (París 1909- Londres 1943)

Iván López Casanova.

En estas líneas se expondrán algunos trazos de la vida y de la obra filosófica de Simone Weil, sin duda una de las filósofas más originales del siglo XX. ¿Qué es un genio? Quizás sea alguien que posee una inteligencia excepcional unida a una sensibilidad también muy especial, en relación a alguna parcela de lo humano. Así, por ejemplo, donde todos veríamos un simple bloque de mármol, Miguel Ángel Buonarotti intuía la figura que ya estaba dentro, y le quitaba a la piedra lo que le sobraba a golpe de cincel. Aparecía entonces la genial obra de arte.

Pues bien, la especial sensibilidad que Simone Weil posee, resulta de su capacidad excepcional para captar el dolor y el sufrimiento ajeno, hasta sentirlo y comprenderlo como propio. Baste como un botón de muestra para mostrar lo afirmado, lo que escribe sobre ella Simone de Beauvoir, llena de sincera admiración: ““Me intrigaba por su gran reputación de mujer inteligente y audaz. Por ese tiempo, una terrible hambruna había devastado China y me contaron que cuando ella escuchó la noticia lloró. Estas lágrimas motivaron mi respeto, mucho más que sus dotes como filósofa. Envidiaba un corazón capaz de latir a través del universo entero”.

Además, para comprender a fondo el sufrimiento, en cualquiera de sus facetas, no dudará en trabajar un año en una fábrica como fresadora de una inhumana cadena de montaje, ser voluntaria en una guerra e ir al frente, o trabajar como campesina en la vendimia. Así, su labor de profunda intelectual y sus escritos preñados de una gran erudición, tendrán la fuerza de lo vivido en carne propia. Pero, no se piense que una persona que conoce y comprende a fondo el dolor nos ofrecerá un pensamiento sombrío y de tonos grises. Como muestra baste anotar un aforismo de nuestra filósofa: “la misericordia del hombre no aparece más que con el don de la alegría”. Aunque explica que, en algunas ocasiones, y también por misericordia, hay que hacer sufrir al que está aprendiendo.

Me parece que obtenemos un importante fruto del estudio de esta filósofa simplemente con profundizar en la comprensión de la anterior afirmación: grandes dosis (¿o quizás casi todo?) del amor humano necesitan partir de estar alegre para seguir avanzando; o dicho con otras palabras, si no estamos alegres no podemos querer; o para expresarlo finalmente de otro modo, a la persona de la que amamos lo que de verdad necesitamos es verla feliz, y luego vendrá todo lo demás. Cuánta importancia tiene manifestarse habitualmente con alegría como forma primaria de nuestro saber querer a los demás. También dejó escrito: “la inteligencia crece y proporciona sus frutos solamente en la alegría. La alegría de aprender es tan indispensable para el estudio como la respiración para el atleta”.

Basten estas consideraciones para introducir la filosofía de esta autora que con una vida de sólo 34 años, este dato también resulta asombroso, ha dejado un pensamiento muy original, y que a la distancia de tantos años sigue teniendo tanta actualidad.

1. INFANCIA Y ENCUENTRO CON LA FILOSOFÍA. Simone Weil nace en 1909 en el seno de una familia judía liberal, sin casi ninguna práctica religiosa. Su padre es médico; su madre posee una profunda formación cultural. Tiene un hermano tres años mayor que ella, André, al que admira mucho, que posee unas dotes intelectuales geniales. De hecho, con el tiempo llegará a ser un matemático de renombre mundial, conocido por sus notables contribuciones a la teoría de los números y la geometría algebraica, y uno de los fundadores del influyente grupo teórico conocido como Nicolás Bourbaki.

Fueron niños normales, aunque con inquietudes sobresalientes en relación a las cuestiones intelectuales, fomentadas por el ambiente familiar. En la biografía de Simone de Petrement se recoge este recuerdo de 1916 (Simone Weil tenía entonces 7u 8 años y su hermano 10 u 11): “en los dos hermanos se desarrolló una gran pasión por la literatura (…) Empezaron a recitar escenas enteras de Corneille y de Racine, con la particularidad de que, cuando uno de los dos se equivocaba, recibía una bofetada del otro”.

A efectos de conocer las disposiciones filosóficas que acompañarán toda la vida a la filósofa judía, se recoge el testimonio de una carta autógrafa en la que hace referencia a su adolescencia: “a los 14 años pensé seriamente en morir a causa de la mediocridad de mis facultades naturales (…) No lamentaba los éxitos externos, sino el no poder abrigar esperanzas de acceso a ese reino trascendente (…), en el que habita la verdad. En la palabra verdad englobo también la belleza, la virtud y toda clase de bien”.

Con este bagaje inicia sus estudios de preparación para la universidad y ahí tiene un encuentro con la filosofía que decidirá su vocación profesional, como alumna de Alain (Emile Chartier). Este filósofo dejó una huella muy profunda en el pensamiento de Weil, porque lejos de enseñar la filosofía oficial que había que saber, enseñaba cómo había que abordar las cuestiones filosóficas para acercarse a la verdad, la belleza y el bien. Admiraba la filosofía clásica y despreciaba toda abstracción teórica, alejada de la realidad, toda filosofía sistematizada y abstracta y seguida por ser la “filosofía oficial”.

Alain, era un filósofo que ponía el acento en la búsqueda del bien y en la tenencia personal de una voluntad firme para con ella conquistar una vida virtuosa; en ese sentido, su antropología tenía una carga muy voluntarista, influencia que Simone Weil irá abandonando en su evolución filosófica posterior, no hasta el punto de despreciarla, pero sí para disminuir su importancia. En el último y más conocido verso de nuestra pensadora escribe: Contemplamos la puerta; está cerrada, inquebrantable. /Fijamos en ella nuestros ojos; lloramos bajo el tormento; /No dejamos de mirarla; el peso del tiempo nos abruma. /La puerta está ante nosotros, ¿de qué nos sirve la voluntad?”

2. FILÓSOFA, SINDICALISTA Y PACIFISTA.

Tras ingresar en la Escuela Normal de Filosofía de París, se licencia en Filosofía. En esta prestigiosa institución universitaria recibió una extensa formación filosófica, terminando sus estudios con una importante cultura filosófica y literaria, así como con un dominio perfecto del griego y del latín. Tras licenciarse, trabajará como profesora en un instituto de Bachiller en una provincia al norte de Francia. Allí desarrollará su labor docente, junto con una labor de compromiso con las clases obreras, en aquellos años tan desfavorecidas, con horarios de trabajo y condiciones económicas muy injustas. A sus ensayos filosóficos sobre estas cuestiones irán unidas sus decisiones de no usar calefacción, no comer alimentos que no puedan comer los asalariados de las fábricas, frecuentes donaciones de grandes cantidades de su sueldo como profesora, etc. En estos años de gran compromiso social Simone Weil nunca se afilió al Partido Comunista, cuya presencia era hegemónica en estos ámbitos, pues en seguida comprendió que este partido se apropiaba de las reivindicaciones justas de los obreros, utilizándolas para otros fines distintos.

Pero, al pasar el tiempo, su mente de filósofa y su corazón anhelante de compartir a fondo el sufrimiento de los desfavorecidos, le llevó a no saber qué solución se debería proponer para abordar el complejo mundo de las relaciones empresarios-trabajadores. No encontraba solución para equilibrar el lógico deseo de obtener beneficios económicos por parte de los primeros, y el justo derecho a un trabajo digno por parte de los segundos. Si el binomio se desequilibraba por la parte del empresario, podría existir un capitalismo fuerte que abusara de ese poder y se dieran unas condiciones de trabajo poco dignas. Pero, si el desequilibrio ocurriera por parte de los asalariados de una forma demasiado unilateral, éstos podrían aprovecharse de estas condiciones ventajosas y trabajar poco; en consecuencia, las empresas terminarían por echar el cierre y esto les perjudicaría y les dejaría sin trabajo. Además, con la creciente industrialización, las máquinas resultaban necesarias, pero entonces el trabajo humano se va haciendo muy impersonal, llegando a ser el trabajador casi un número, una herramienta más en el montaje de producción, que se puede sustituir por otra, como una simple pieza mecánica.

Éstos y otros problemas, llevan a Simone Weil a tomar la decisión de ingresar como trabajadora en Renault y, más adelante en una fábrica de montaje en cadena, en la que permanece un año trabajando con una fresadora, realizando un trabajo manual y cobrando un sueldo muy pequeño, con el que únicamente se mantiene. Su trabajo terminó sólo cuando sus condiciones de salud llegaron a ser tan deplorables que no le permitieron seguir con él, y sus padres consiguieron que se tomara un descanso para reponerse física y mentalmente. Estamos en 1935, o sea que todo esto lo realiza a la edad de 26 años.

Pero otra fuente de sufrimientos se entrecruza en la vida de Simone Weil: la Guerra. Para una persona que quiere compartir los sufrimientos de los desfavorecidos y posteriormente, con su vocación y su formación filosófica pensar y escribir sobre ellos, la Guerra civil española, será la oportunidad de realizar esta decisión personal. Nada más comenzar el conflicto armado, cruzará la frontera, y con la excusa de hacer de periodista, buscará la manera de instruirse como soldado voluntario, y llegará a pertenecer a una unidad de primera línea de combate, formando parte de la columna Durruti, de filiación anarcosindicalista.

Al poco tiempo, estará en primera línea del frente, pero entonces pisará por descuido una sartén con aceite hirviendo y tendrá que ser evacuada a retaguardia. Quizás esta circunstancia, condicionada por su miopía, salvará su vida. En la biografía de Simone de Pétrement se afirma: “Por penoso que fuera el accidente la salvó. En efecto, poco tiempo después, el grupo internacional en el que se había integrado, y que se había hecho más numeroso, fue destrozado en Perdiguera.”

También le ayudó el que sus padres se desplazaron a España en su búsqueda y dieron con ella tras no pocas penalidades. Al ser su padre cirujano de profesión pudo atenderla con mayor cuidado, y quizás por esto se pudo atajar a tiempo la importante infección de su miembro. Además, tras esta circunstancia vuelve a su Francia natal. Aprovecha su recuperación para viajar por Italia y es a finales del año 1938, a la edad por tanto de 29 años, cuando un sorprendente suceso transformará su vida interiormente.


3. LA EXPERIENCIA INTERIOR Y LOS ÚLTIMOS AÑOS DE VIDA.

Para finalizar el relato de la vida de Simone Weil, me serviré de sus cartas al Padre Perrin, un sacerdote de Marsella que llegó a ser la persona con la que trató a fondo y con confianza, todo lo relativo a sus experiencias espirituales. En esta correspondencia, que posteriormente se ha editado con el título de A la espera de Dios, ella misma expone con la frescura de su pluma y la fuerza de su sinceridad, todas estas cuestiones.

«A los catorce años caí en una de esas situaciones de desesperanza sin fondo de la adolescencia y pensé seriamente en morir a causa de la mediocridad de mis facultades naturales. Las dotes extraordinarias de mi hermano, que tuvo una infancia y una juventud comparables a las de Pascal, me forzaron a tomar conciencia de ellas. No lamen­taba los éxitos externos, sino el no poder abrigar esperanzas de acceso a ese reino trascendente, reservado a los hombres auténticamente gran­des, en el que habita la verdad. Prefería morir a vivir sin ella.

»Tras meses de tinieblas interiores, tuve de repente y para siempre la certeza de que cualquier ser humano, aun cuando sus facultades naturales fue­sen casi nulas, podía entrar en ese reino de verdad reservado al genio, a condición tan sólo de desear la verdad y hacer un continuo esfuerzo de atención por alcanzarla. Ese ser humano se convierte entonces en un genio, incluso si, por carecer de talento, tal genio pueda no ser visible al exterior. Más tarde, cuando los dolores de cabeza vinieron a añadir a las escasas facultades que poseo una parálisis que enseguida supuse con toda probabilidad definitiva, aquella misma certeza me hizo perseverar durante diez años en unos esfuerzos de atención sin apenas esperanza de obtener resultados.

»En la palabra «verdad» englobo también la belleza, la virtud y toda clase de bien, de forma que se trataba para mí de una forma de conce­bir la relación entre la gracia y el deseo. Había recibido la certeza de que cuando se desea pan no se reciben piedras, aunque en aquella época todavía no había leído el evangelio. (…)

»Después del año de estancia en la fábrica, antes de volver a la ense­ñanza, mis padres me llevaron a Portugal; allí los dejé para ir sola a una pequeña aldea. Tenía el alma y el cuerpo hechos pedazos; el contacto con la desdicha había matado mi juventud. Hasta entonces, no había tenido experiencia de la desdicha, salvo de la mía, que, por ser mía, me parecía de escasa importancia y que no era, por otra parte, sino una desdicha a medias, puesto que era biológica y no social. Sabía muy bien que había mucha desdicha en el mundo, estaba obsesionada con ella, pero nunca la había constatado mediante un contacto pro­longado. Estando en la fábrica, confundida a los ojos de todos, incluso a mis propios ojos, con la masa anónima, la desdicha de los otros entró en mi carne y en mi alma. Nada me separaba de ella, pues había olvi­dado realmente mi pasado y no esperaba ningún futuro, pudiendo difí­cilmente imaginar la posibilidad de sobrevivir a aquellas fatigas. Lo que allí sufrí me marcó de tal forma que, todavía hoy, cuando un ser humano, quienquiera que sea y en no importa qué circunstancia, me habla sin brutalidad, no puedo evitar la impresión de que debe haber un error y que, sin duda, ese error va desgraciadamente a disiparse. He recibido para siempre la marca de la esclavitud como la marca de hierro candente que los romanos ponían en la frente de sus esclavos más despreciados. Desde entonces, me he considerado siempre una esclava.

»Con este estado de ánimo y en unas condiciones físicas misera­bles, llegué a ese pequeño pueblo portugués, que era igualmente mise­rable, sola, por la noche, bajo la luna llena, el día de la fiesta patronal. El pueblo estaba al borde del mar. Las mujeres de los pescadores caminaban en procesión junto a las barcas; portaban cirios y entona­ban cánticos, sin duda muy antiguos, de una tristeza desgarradora. Nada podría dar una idea de aquello. Jamás he oído algo tan conmo­vedor, salvo el canto de los sirgadores del Volga. Allí tuve de repente la certeza de que el cristianismo era por excelencia la religión de los esclavos, de que los esclavos no podían dejar de adherirse a ella, y yo entre ellos.

»En 1937 pasé en Asís dos días maravillosos. Allí, sola en la pequeña capilla románica del siglo XII de Santa Maria degli Angeli, incompa­rable maravilla de pureza, donde tan a menudo rezó san Francisco, algo más fuerte que yo me obligó, por vez primera en mi vida, a ponerme de rodillas.

»En 1938 pasé diez días en Solesmes, del domingo de Ramos al martes de Pascua, siguiendo los oficios. Tenía intensos dolores de cabeza y cada sonido me dañaba como si fuera un golpe; un esfuerzo extremo de atención me permitía salir de esta carne miserable, dejarla sufrir sola, abandonada en su rincón, y encontrar una alegría pura y perfecta en la insólita belleza del canto y las palabras. Esta expe­riencia me permitió comprender mejor, por analogía, la posibilidad de amar el amor divino a través de la desdicha. Evidentemente, en el transcurso de estos oficios, el pensamiento de la pasión de Cristo entró en mí de una vez y para siempre.

»Se encontraba allí un joven católico inglés que me transmitió por vez primera la idea de la virtud sobrenatural de los sacramentos, mediante el resplandor verdaderamente angélico de que parecía revestido después de haber comulgado. El azar -pues siempre he prefe­rido decir azar y no providencia- hizo que aquel joven resultara para mí un verdadero mensajero. Me dio a conocer la existencia de los lla­mados poetas metafísicos de la Inglaterra del siglo XVII y, más tarde, leyéndolos, descubrí el poema del que ya le leí una traducción, por desgracia muy insuficiente, y que lleva por título Amor'. Lo he aprendido de memoria y a menudo, en el momento culminante de las violentas crisis de dolor de cabeza, me he dedicado a recitarlo poniendo en él toda mi atención y abriendo mi alma a la ternura que encierra. Creía repetirlo solamente como se repite un hermoso poema, pero, sin que yo lo supiera, esa recitación tenía la virtud de una oración. Fue en el curso de una de esas recitaciones, como ya le he narrado, cuando Cristo mismo descendió y me tomó.

(l. He aquí el poema en una traducción que me han hecho:

El Amor me acogió, mas mi alma se apartaba, culpable de polvo y de pecado.

Pero el Amor que todo lo ve, observando

mi entrada vacilante

se acercó hasta mí, diciéndome con dulzura:

¿hay algo que eches en falta?

Un invitado, respondí, digno de encontrarse aquí.

Tú serás ese invitado, dijo el Amor.

¿Yo, el malvado, el ingrato? ¡Ah, mi amado!

yo no puedo ni mirarte.

El Amor tomó mi mano y replicó sonriente:

¿quién ha hecho esos ojos sino yo?

Es cierto, señor, pero yo los ensucié; que mi vergüenza

vaya donde se merece.

¿Y no sabes, dijo el Amor, quién ha tomado sobre sí la culpa? ¡Mi amado! Entonces, podré quedarme...

Siéntate, dijo el Amor, y degusta mis manjares.

Así que me senté y comí.)


»En mis razonamientos sobre la insolubilidad del problema de Dios no había previsto la posibilidad de un contacto real, de persona a per­sona, aquí abajo, entre un ser humano y Dios. Había oído hablar vaga mente de cosas de ese tipo, pero nunca las había creído. En las Fio­retti, las historias de apariciones me desagradaban más que otra cosa, lo mismo que los milagros en el evangelio. Por otra parte, en este súbito descenso de Cristo sobre mí, ni los sentidos ni la imaginación tuvie­ron parte alguna; sentí solamente, a través del sufrimiento, la presen­cia de un amor análogo al que se lee en la sonrisa de un rostro amado.

»Nunca había leído a los místicos porque nunca había sentido nada que me ordenase leerlos. También en las lecturas me he esforzado siem­pre por practicar la obediencia. No hay nada más favorable al progreso intelectual; en la medida de lo posible, no leo más que aquello de lo que tengo hambre y en el momento en que la tengo, y entonces no leo, devoro. Dios me había impedido misericordiosamente leer a los místicos a fin de que me fuera evidente que yo no había fabricado ese contacto absolutamente inesperado.

»Sin embargo, todavía rechacé en parte, es decir, rechazó mi inteli­gencia, que no mi amor. Pues me parecía indudable, y aún hoy lo sigo creyendo, que no se puede resistir demasiado a Dios si se hace por pura preocupación por la verdad. Cristo quiere que se prefiera la verdad, pues antes de ser el Cristo, él es la verdad. Si uno se desvía de él para ir en pos de la verdad, no andará largo trecho sin caer en sus brazos».

En relación a este relato su biógrafa y amiga personal Simone de Pétrement añade: “Quedamos aquí asombrados y como suspensos también ante este relato de un acontecimiento que resulta para nosotros impenetrable. Nos sorprende tanto como el acontecimiento le sorprendió a ella.”

Los últimos años de la vida de Símone Weil, se vieron afectados por la II Guerra Mundial y la ocupación de Francia por las tropas hitlerianas. Por su condición de judíos sus padres se desplazaron al sur de Francia, a Marsella, y ahí nuestra filósofa pudo trabajar en una granja como viñadora. Por medio del Padre Perrin antes mencionado, vivió un tiempo en la granja de Gustave Thibon, un filósofo francés dotado de un pensamiento nada académico y muy original, con el que sostuvo interesantes debates intelectuales. En este tiempo vivía en una casita en ruinas, dormía en el suelo y comía poco, para poder así estar unida a la gran cantidad de personas que estaban en los frentes de guerra.

Finalmente la vida de Simone Weil termina deparándole la posibilidad de cruzar el Atlántico para ir a Estados Unidos con la idea de regresar desde allí lo antes posible a la Europa no ocupada. Pronto pudo volver a Londres y desde allí trabajar y escribir de nuevo en el continente.

Quería que la enviaran a una unidad de enfermeras en la primera línea del frente de guerra, pero era una solución sin ninguna posibilidad en la práctica. También se dedicó a ofrecer sus ideas y sus escritos para colaborar en la reconstrucción de Europa, cuando llegara el fin de la Guerra Mundial. Pero su frágil salud, junto con su voluntaria mala alimentación, contribuyeron a que enfermara de tuberculosis, y a la edad de 34 años murió sola, sin su familia. Fue enterrada en el cementerio de Ashford, en las afueras de Londres, en la sección destinada a los católicos, pues aunque no llegó a bautizarse, en varias ocasiones había manifestado su deseo de realizarlo cuando la muerte estuviera muy próxima.

(Continuará)

*Médico (cirujano) y filósofo