VERANO

Este blog contiene temas de Orientación Familiar, (educación y familia) Antropología filosófica, Religión y poesía. Todo ello con sentido común y, con frecuencia, con sentido de humor.



30 de diciembre de 2012

ERES LO QUE TUS PADRES HAN HECHO DE TI



Clemente Ferrer
El niño, desde el momento de su concepción, goza de toda la dignidad de la persona humana. Esa criatura tiene el derecho a la vida y a la educación. Guiar y desarrollar el intelecto son el fundamento de la tarea educativa de los progenitores.
Los padres son los primeros y principales educadores de los hijos ya que existe una continuidad entre la transmisión de la vida humana y la responsabilidad educadora. La familia tiene, por lo tanto, el deber de educar a la prole ya que es esencial, es original y primario frente a otros agentes educativos y es insustituible e inalienable, no puede ser usurpado ni delegado.
El fin de la misión educativa de los progenitores no puede ser otro que enseñar a amar a sus hijos. El amor, de los padres hacia sus hijos, es el alma de la educación. La meta y el motor interno de la educación es el amor de los padres hacia sus propios hijos.
Es, por lo tanto, la familia el lugar natural en el que las relaciones de amor, de servicio, de donación mutua que configuran la parte más íntima de la persona. La educación de los hijos es una función primordial paterna y materna.
La educación de los descendientes es una proyección y continuación del amor conyugal. No se puede olvidar que todos los agentes educadores son siempre colaboradores de los padres. Los padres deben educar a sus hijos en y para la libertad.
La misión educativa de los padres, más que en transmitir, se trata de contagiar el amor a la verdad que es la clave de la libertad. Por lo tanto la educación bien lograda es una formación para el uso correcto de la libertad.
Los padres deben dar un testimonio del valor de la vida, encarnado en una existencia concreta. Cuando los hijos son mayores, no hay nada que agradezcan más, a sus padres, que una educación libre y responsable. La educación de los hijos es el mejor negocio que pueden llevar a cabo los padres, es el negocio de su propia felicidad.
En la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en el artículo 26, se afirma que “los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”. Son los progenitores y no el Estado los titulares del derecho a la formación de sus hijos.
“La única educación eterna es esta: estar lo bastante seguro de una cosa para decírsela a un niño”, afirma Gilbert Keith Chesterton.
Hispanidad, viernes, 28 de diciembre de 2012

27 de diciembre de 2012

LA SILLA VACÍA



Ignacio García Juliá

Director General del Foro de la Familia

Por fin ya estaba todo dispuesto. Poner la mesa el día de Navidad nunca había sido sencillo en casa. Todos querían que ese día fuera especial y todos se desvivían en cuidar los detalles aunque fueran a sentarse los de siempre, los de todos los días, la familia.

Por fin ya estaba todo dispuesto. Poner la mesa el día de Navidad nunca había sido sencillo en casa. Todos querían que ese día fuera especial y todos se desvivían en cuidar los detalles aunque fueran a sentarse los de siempre, los de todos los días, la familia.

Desde la primera Navidad, y ya llevaban casados más de veinticinco años, Luis y Carmen habían establecido una tradición para este día: antes de sentarse todos, dedicaban unos momentos para recordar a aquellos que ya no estaban con ellos para celebrar la Navidad. Y desde siempre también, dejaban una silla vacía en la mesa para que ese recuerdo se hiciera presente.

Era un gesto íntimo, familiar, que nunca habían contado a nadie y que no querían contar. Pero esta Navidad descubrieron algo especial, algo en lo que no habían reparado nunca: el recuerdo entristecía a los mayores, a los padres, pero alegraba a los más pequeños, a los hijos.

Tras el “descubrimiento”, quisieron indagar qué hacía que los pequeños estuvieran alegres y trataran a la silla vacía como algo natural, como algo “lógico”. Luis, más racional, buscaba la explicación en la costumbre, en la falta de conocimiento de los pequeños por lo que supone la pérdida de un ser querido. Carmen, más madre, buscaba la explicación en su corazón. Ninguno de los dos decía nada; nada había que decir, pero ambos miraron a la más pequeña, Teresa, que les devolvió una mirada risueña como diciendo, “es fácil, está claro”.

“Todos los días rezamos por los abuelitos y los tíos, y siempre me habéis dicho que están en el Cielo y que son mucho más felices de lo que fueron aquí y desde allí velan por nosotros. Con todo lo que nos quieren, ¿cómo no van a estar aquí sonriéndonos a todos? Ellos nos sonríen y yo les devuelvo la sonrisa.”

Este año, devolvamos la sonrisa a la “silla vacía”, como los niños, y vivamos la Navidad íntimamente con la familia entera, con la que continúa aquí luchando y con la que desde el Cielo alienta, orienta y sonríe.


¡Feliz Navidad en familia!

24 de diciembre de 2012

EL FULGOR DE NAVIDAD

Francisco-M. González
Cuando esta columna salga a la luz, ya estamos en vísperas de Nochebuena y de Navidad y lo escribo con  una renovada ilusión,  porque  nos vamos reuniendo con nuestras familias para celebrar estas fiestas tan entrañables. Un año más, marcado por una crisis económica galopante, que a todos nos debe llevar a celebrar estas fiestas con una mayor sobriedad, que no ha de ser obstáculo para restar la alegría tan connatural a la Navidad.  
El verdadero fulgor navideño es la caridad o la auténtica solidaridad, como ahora gusta decir. En la que los cristianos conmemoramos la venida al mundo de Dios, que se anonada, que se humilla y se hace niño, en medio de una gran pobreza; y, que nace de María dentro de una  familia, María y José. Jesús, sin perder su condición divina, necesita una familia para nacer, quiere ser acogido por el calor y el arrullo de una madre y de un padre, como cualquier otro niño. Viene al encuentro de los hombres, creyentes y no creyentes, ¡de todos! sin ningún tipo de distinción,  para anunciarnos un mensaje apasionante y esperanzador: de Amor, de Justicia y de Verdad. De ahí surge  nuestra alegría navideña.
Por ello, los cristianos, los que tratamos de seguir a Cristo, -aunque a veces le fallemos y le pidamos perdón- hemos de esforzarnos, en estos días, por fortalecer en nosotros el verdadero espíritu de la Navidad, vivirla con hondura, autenticidad, para poner  a Cristo en la cumbre de todas la realidades humanas, que no es otra cosa, que trabajar por la auténtica paz, justicia y solidaridad. Por lo que, nunca podemos abandonar nuestra condición de cristianos, cuando a diario  acudimos  a nuestro trabajo en la oficina, en el taller  la fábrica,  la cátedra, el quirófano o el parlamento: ahí, es donde tenemos que hacer realidad el verdadero fulgor de la Navidad: siguiendo los pasos del Señor, día a día,  para contribuir a un mundo más justo y  humano.
En conclusión , en la Navidad, en esta fiesta cristiana,  incluso el que no se considera creyente puede percibir algo de extraordinario,  algo trascendente  íntimo que habla al corazón: una conmemoración que canta al don de la vida y del amor. Hemos de vivirla, como nos recuerda el Santo Padre: " impregnada de religiosidad y de intimidad familiar", con alegría, tratando de hacer felices a los demás, primero a los nuestros y a los que conviven con nosotros; después, de manera muy especial, a los que sufren: a los enfermos, a los ancianos y a los más necesitados. A todos, a todos, ¡muy feliz Navidad!

            PERIÓDICO "EL DÍA" DE S/C. DE TENERIFE 21.12.12

22 de diciembre de 2012

PADRES ILUSIONADOS



"Dejémonos iluminar por los hijos"

Pilar Guembe y Carlos Goñi
La ilusión es el optimismo iluminado. Porque si bien la palabra ilusión significa etimológicamente engaño, burla, ironía, también está emparentada con el término luz. Ilusionarse con algo, en el sentido positivo de la palabra, quiere decir iluminar el camino que nos conduce hacia él.
Nada se consigue si no se enciende esa luz que nos guía. A oscuras podemos avanzar a tientas, probablemente nuestro caminar será más prudente, más comedido, más seguro; sin embargo, también será más lento y, como consecuencia, más corto. Por eso, el optimismo necesita iluminarse para llegar más lejos.
Continuamente los hijos nos enseñan a no perder la ilusión. Ellos lo iluminan todo: a cada paso, van encendiendo lámparas que alimentan nuestro optimismo. Los hijos nos ilusionan, es decir, nos permiten ver lo que antes no veíamos. Hacen que nos ilusionemos por las cosas que para nosotros ya habían perdido brillo y lo hacen de mil maneras. Cada cual a su modo y, en cada edad, de forma diferente. A veces son como estrellas lejanas que nos sirven de referencia; otras, como esas bengalas que se lanzan al cielo y durante unos segundos convierten la noche en día.
Pero la ilusión puede convertirse en mera ilusión. En ocasiones, nos entusiasmamos por cosas inconsistentes, por algo que desaparece justo cuando lo vamos a alcanzar. Son las falsas ilusiones que nos convierten en ilusos, en soñadores cándidos, en demasiado incautos. Es el riesgo que hemos de correr como padres: los hijos inflaman la llama de nuestras expectativas, pero nosotros hemos de saber controlarla no vaya a ser que nos quememos.
Padres ilusionados es un pleonasmo, una redundancia, pues no se puede ser madre, no se puede ser padre sin ilusión. No es propio del talante de los padres dejarse vencer por el desengaño, plantarse ante las contrariedades, instalarse en el desaliento.
Los niños escriben su carta a los Reyes Magos pero quien lee las cartas y trae los juguetes somos los padres. De esa forma, los hijos nos ilusionan porque nos convierten en los principales expendedores de sus ilusiones. Nos implican en sus sueños y nos hacen soñar.
Esa luz tan necesaria para ilusionarnos como padres la encontramos en el rostro de nuestros hijos. Cuando parece que estamos de vuelta de todo, ellos nos hacen regresar a ese estado de inocencia donde nos sentimos como niños. Cuando les ayudamos a escribir la carta a los Reyes Magos o a desenvolver un regalo con la máxima expectación, vemos en sus ojos esa chispa que nos llena de una ilusión olvidada.
Deberíamos dormirnos todas las noches con la ilusión de despertar y correr a abrir nuestros regalos, como duermen nuestros hijos la noche de Reyes. Deberíamos asistir a lo cotidiano como acudió nuestro hijo la primera vez que fue a ver un partido de su equipo. Deberíamos preparar la cena diaria como preparamos una fiesta sorpresa. Son cosas que sólo se hacen cuando estamos ilusionados con un proyecto a largo plazo en el que no nos incluimos como beneficiarios, sino como padres.
Esta Navidad, y siempre, dejémonos iluminar por los hijos.

FAMILIA ACTUAL (ACEPRENSA) 19.12.12