OTOÑO

Este blog contiene temas de Orientación Familiar, (educación y familia) Antropología filosófica, Religión y poesía. Todo ello con sentido común y, con frecuencia, con sentido de humor.



23 de abril de 2013

Darles de leer

Pilar Guembe y Carlos Goñi
No podemos conformarnos con dar de comer a nuestros hijos, también debemos darles de leer. No podemos conformarnos con alimentar sus cuerpos; también tenemos que nutrir su espíritu. Cuidar de ellos, asearlos, vestirlos, llenarles de afecto, enseñarles los hábitos básicos, ayudarles a crecer… son actos imprescindibles, tanto como lo son enseñarles a pensar, a sentir, a desear, a hacer volar su imaginación…
Hemos de darles de leer para que nuestros hijos crezcan por dentro y no sean personas anémicas, porque la lectura es como un complejo vitamínico que les prepara para el aprendizaje, les aporta vocabulario, les provee de experiencia, les proporciona conocimientos, les previene contra el aburrimiento, les abre horizontes…
Darles de leer se parece a darles de comer, es un hábito que requiere algunos actos concretos:
  • Así como no esperamos a que sepa comer para darle la comida, no debemos esperar a que sepa leer para animarle a la lectura. Un buen lector comienza a formarse cuando todavía no sabe leer. Por eso existen los libros de prelectura, para que ya el bebé se familiarice con ellos, los toque, los mire, los muerda… Se aprende a leer en la escuela, pero se forman lectores en la familia.
  • Así como fijamos las horas de las comidas, podemos hacer lo mismo con la lectura, estableciendo, por ejemplo, un rato al día en que toda la familia se pone a leer. Y es que el amor a la lectura se contagia. Si nunca nos ven con un libro en las manos, será difícil que nuestros hijos se interesen por la lectura. No podemos hacer que lean, pero sí crear un ambiente propicio en el que los libros formen parte del hogar.
  • Así como debemos dar ejemplo en la mesa, debemos dárselo también en este tema: que nos vean disfrutar leyendo. Generamos expectativas positivas si comentamos cosas como “qué bueno es este libro”, si nos reímos cuando lo estamos leyendo, o les releemos un pasaje que nos ha gustado especialmente.
  • Así como empezamos dándoles de comer a la boca (a veces diciendo “¡mmm… qué rico!”), deberemos también leerles cuentos cuando son pequeños y hacerlo saboreando la lectura, que perciban que disfrutamos con ello. Crearemos en nuestros hijos fascinación por las historias e interés por los libros que las contienen.
  • Así como culminamos una celebración con una tarta o un pastel, no puede faltar un libro, por lo menos… Lógicamente, no se ha de regalar sólo libros, pero nunca deben faltar. Así irán completando su biblioteca.
  • Así como intentamos preparar bien la comida, no sólo que sea nutritiva y sabrosa, sino también, presentarla de forma atractiva, del mismo modo hemos de buscar libros atractivos tanto en la forma como en el contenido. Los libros también entran por la vista (como la comida), sobre todo, por los ojos de los más pequeños. Hemos de tener en cuenta los dibujos, los colores, el tamaño y la forma de la letra… Cuando son un poco más mayores, es conveniente buscar libros relacionados con sus aficiones e intereses.
  • Así como no debemos usar la comida como castigo (“¡Hoy te quedas sin postre!”), nunca haremos lo mismo con la lectura. No podemos enviarlos a leer a su habitación porque se han portado mal. Debemos presentar la lectura no como algo gravoso, sino como algo divertido. Leer es, en todo caso, un premio, jamás un castigo.
  • Hay lógicamente cosas que no debemos hacer con la alimentación, pero sí con la lectura, por ejemplo: es bueno leer entre horas, empacharse con la lectura, mezclar libros o dejar un libro sin terminar (uno de los derechos del lector según Daniel Pennac).
Aprovechemos el Día del Libro para seguir dándoles de leer a nuestros hijos. 
Familia actual/Acepresa

20 de abril de 2013

A ESA HORA, TARDÍA, DEL ATARDECER


Manuel de la Hera Pacheco
 En tu vida - la de cualquiera y tanto da que seas mujer u hombre - hay ocasiones para muchas cosas, aunque hay alguna de éstas que se une al pensamiento y no lo abandona aunque vaya pasando el tiempo. Son éstas la base firme de la personalidad y siempre aparecerán cuando se trate de tomar alguna decisión, como puede ser la de encaminarse, a solas, hacia ese lugar tranquilo en el que nuestro paso se hace más lento y caminamos casi sin darnos cuenta de lo que hay a nuestro alrededor, aunque nuestro corazón late más tranquilo y nuestras ideas se van apartando de la mente hasta dejar en ella sólo esa cuestión que, por sus características, necesita toda la atención de nuestro ser. Parece que el ser humano, en esas condiciones, tiene un valor muy superior, más completo, más noble y justo que en el resto del día.
Es la hora tardía del atardecer la que te invita a la máxima intimidad contigo mismo -mujer u hombre - especialmente en éste tiempo de atardeceres largos y exentos de lluvias o fuertes vientos. Se necesita la soledad para que nada interfiera esa comunicación íntima que se necesita tener y mantener con uno mismo y que fluyan. con toda libertad y sin agobios, las cosas propias que uno tiene que conocer con toda exactitud para corregir lo que sea necesario o para insistir en aquello otro que se haya podido hacer mal sin darse cuenta o tal vez por fastidiar a alguien más o menos ligado a uno mismo. ¡Cuántas veces hemos dejado de mantener ese encuentro con uno mismo - mujer u hombre - y por ello se ha alargado el tiempo para pedir perdón a quien se ama!
La vida del ser humano goza de la inmensa maravilla que es la necesidad de pedir perdón. Cuando has tomado la decisión de buscar la soledad - en esa hora tardía del atardecer - para encontrarte de verdad contigo mismo - mujer u hombre - tu alma se ensancha porque se libera de la presión de las cadenas del remordimiento, al tiempo que tu mente discurre de forma más serena y sin ponerte tú en el sitio del agraviado. No se debe dejar retrasar esa decisión de encontrarte con tu propia soledad, pues te invita a que puedas llegar a disfrutar de la dignidad; la gran dignidad del arrepentimiento y la de mirar a toda otra persona con verdadero amor, con la sencillez de la humildad y hasta con el brillo de la admiración en tus ojos. Te sentirás - mujer u hombre - más lleno de la caricia de la libertad. 
Causa verdadero dolor y preocupación ver cómo se pierden - o se tiran por la borda - las mejores ocasiones de disfrutar de la caricia de la libertad, precisamente en los lugares donde más se ha de procurar vivirla y proporcionarla a los demás. ¿Por qué ese gesto agrio y oratoria agresiva, adoptada por algunos, en las sesiones parlamentarias. ¿No puede darse una actitud más amable y digna, propia del buen trato entre seres humanos? Es triste y lamentable esa actitud ofensiva y falta de acuerdo hasta en las cuestiones más claras. Recuerdo esa pequeña sala que visité más de una vez en el edificio de la Organización de las Naciones Unidas. en la que el silencio y la penumbra eran algo parecido al ambiente de esa hora, tardía, del atardecer en la que todo ser humano - mujer u hombre - se siente más amante de la libertad.
Toda persona ha de saber encontrar esa serenidad del espíritu para poder actuar en la vida  - en cualquier ocasión - con cariño hacia los demás, sean los que sean. Aprovechen estas tardes largas en su anochecer para encontrarse con uno mismo - mujer u hombre - y amar la libertad de todos con espíritu de verdad. ¡Seríamos más felices, sin duda alguna!


 19 Abril 2013. Marino de Guerra

 

17 de abril de 2013

El complejo de Medea
















Pilar Guembe y Carlos Goñi
Cuando algo se rompe se suele hacer añicos también lo que lleva dentro. Por eso, las primeras víctimas inocentes de la separación de los padres son los hijos. Por muy bien que se lleven las cosas, los daños colaterales son inevitables; por mucho sentido común que se ponga, los afectos salen afectados, y por poco sufrimiento que se cause, se causa mucho. Llegada la situación, no hay que buscar culpables, sino afrontarla lo mejor posible, sobre todo, pensando en los hijos.
Cosa que no hacen algunas madres y algunos padres. Al contrario: utilizan a los hijos como armas arrojadizas contra sus ex parejas, los usan para hacerse daño mutuamente, sin medir que a quien más dañan es a los que se han convertido, de la noche a la mañana, en víctimas silenciosas.
Si la vida afectiva de un niño queda ya mermada por la separación de sus padres, no digamos nada si esa separación se lleva mal. Algunas veces puede aparecer el llamado “síndrome de alienación parental”, que consiste en que uno de los padres pone a los hijos contra el otro de forma directa o sutil: “Mira lo que nos ha hecho: vuelve a retrasarse”, “Nos ha abandonado”, “Siempre está con lo mismo: parece que no te quiera”, etc., de manera que, buscando la venganza o el desquite hacia la pareja, los que sufren de verdad son los niños. Con sus palabras, sus silencios y sus actos, el progenitor alienador predispone a los hijos contra el otro progenitor, con lo que se produce una forma de maltrato que puede acabar con la vida afectiva del menor.
En cierto modo, los padres alienadores están “matando” a sus hijos, por lo menos en relación al otro progenitor, con el fin de vengarse de quien los ha abandonado. En el fondo, están haciendo lo mismo que hizo la mítica Medea, quien invadida por la ira no encontró otra forma de vengarse de su marido Jasón, quien la acaba de abandonar, que matar a sus propios hijos, Feres y Mérmero.
El filicidio que perpetró la hechicera Medea es el crimen más atroz. Su caso –como el de los padres maltratadores y alienadores de la actualidad– quiebra todos los esquemas, tanto naturales como sociales y culturales. Ha cometido una atrocidad, un crimen de lesa naturaleza, ha negado el amor más puro, más incondicional, más fuerte: el amor maternal. La única explicación parece encontrarse en la locura: pensamos que Medea ha perdido el juicio, que su amor por Jasón ha obnubilado su mente, que se ha vuelto loca y que “no sabía lo que hacía”.
Pero Medea no está loca. Lo que ocurre es que no ama a sus hijos. Su odio hacia Jasón es más fuerte que su amor a sus hijos. No sabe lo que es el amor maternal, porque realmente no es una madre. Medea engendra a sus hijos, pero no los ama; es engendradora, pero no madre. No llega a entender el profundo secreto de la maternidad, el misterio de la transmisión de la vida y de su función de mediadora. Ella cree que sus hijos son suyos, por eso, se cree con derecho sobre ellos, sobre su vida. El caso de Medea nos demuestra una profunda verdad: que no se ama a los hijos porque se es madre (o padre), sino que, más bien, se es madre (o padre) porque se ama a los hijos.
Nos resulta muy difícil, por no decir imposible, entender cómo pudo Medea llegar a matar a sus hijos para vengarse de su marido. Nos resulta también muy difícil entender los hechos de que hemos tendido noticia estos días: una madre mató a sus dos hijos en Barcelona (ver noticia) y un padre hizo lo mismo en Ciudad Real (ver noticia), sucesos que rememoran el terrible asesinato de la mitología. Salvando las distancias, algo similar (una muerte afectiva) están infligiendo muchos padres a sus hijos, padres sumidos en el complejo de Medea.
 
FAMILIA ACTUAL/ACEPRENSA

9 de abril de 2013

NIÑAS A DIETA


Pilar Guembe y Carlos Goñi

Amy Cheney es una madre de tres hijos, maestra de infantil y escritora. Hace unos días publicó en su blog la página de la agenda escolar de su hija de siete años donde ésta había anotado la dieta (diyet, en vez de diet, escribe ella) que iba a seguir:

·         17 push-up (flexiones) dos veces al día.

·         16 star jumps (saltos con brazos y piernas abiertas) dos veces al día.

·         2 yogures.

·         3 manzanas.

·         1 pera.

·         2 kiwis.

·         5 vasos de agua.

·         Andar en bicicleta tres veces al día.

·         Trotar o correr tres veces al día.

La madre, desesperada por lo que había encontrado accidentalmente en la habitación de su hija, se pregunta: “¿Dónde ha aprendido la palabra “dieta”? ¿Cómo puede saber ella lo que es una maldita dieta?”.

Inmediatamente Amy Cheney comienza a buscar culpables. En primer lugar, se culpabiliza a sí misma, porque deja jugar a su hija con Barbies o porque siempre dibuja con ella figuras delgadas. Sin embargo, en su casa nunca se ha dado mayor importancia a estar gordo o flaco y, además, se promueve una alimentación y unas conductas alimentarias saludables.

En segundo lugar, echa en cara a los estándares ridículos de las modas que, sin permiso, se meten en los hogares y llenan las cabezas de niñas de siete años, “contaminando su inocencia con sus ideales patéticos”, así como a la obsesión por tener un cuerpo perfecto que establecen los estándares idealistas de nuestra sociedad.

La madre esperó a que su hija llegara del colegio para hablar con ella. La niña le dijo que eso de la dieta lo había aprendido de otra niña que la estaba llevando a cabo. Ya con tranquilidad, madre e hija se sentaron a conversar sobre las dietas y sobre la salud.

Amy sabe que esta conversación se volverá a repetir, que tendrá que hablar muchas veces con su hija sobre la comida y el peso. Lo que nunca imaginó es que tuviera que empezar a los siete años. Pero, como siempre decimos, en educación más vale llegar un año antes que un minuto después.

Para prevenir este tipo de situaciones, podríamos seguir estas pautas:

  • No valorar sólo el físico. La persona es mucho más que su aspecto físico. Evitar comentarios del tipo: “Pobre chica, qué gorda está”, “Qué suerte, fulanito se conserva tan delgado como siempre”, “¡Cómo puede ponerse eso con la barriga que tiene!”, “Tengo que bajar unos kilitos”…
  • Cuidado con las dietas. Hay madres, y padres, que siempre están a régimen. No parecen satisfechas con su cuerpo y cada temporada intentan un régimen diferente. Son un ejemplo nefasto para sus hijas. En algunas personas esta preocupación por la dieta va unida a una verdadera obsesión por el gimnasio.
  • Procurar una alimentación sana. Moderar el consumo de chucherías, dulces, pastas, helados, comida rápida… No permitir los caprichos a la hora de comer.
  • Intentar hacer comidas en familia. Si no se coincide a mediodía, procurar hacerlo durante la cena. Observar el comportamiento en la mesa y después.
  • Informarnos, mediante el tutor o el monitor correspondiente, de si comen, cuánto y de qué forma, en el comedor escolar.
  • Ojo con el perfeccionismo. No todo tiene que ser perfecto.
  • Ser realistas respecto a las aspiraciones de nuestros hijos. Debemos exigirles según sus posibilidades. La exigencia excesiva puede ahogarles y desencadenar estados de ansiedad y depresión. Los queremos por lo que son, no por lo que hacen o logran.
  • Si un hijo o una hija nos dice que quiere hacer dieta, no despreciemos su propuesta. Más vale que vayamos con él o ella al endocrino para que valore la situación, que no arriesgarnos a que se pongan a régimen a escondidas.
  • Trabajar la autoestima y la aceptación de uno mismo. Destacar sus rasgos positivos.
  • Mantener siempre un buen nivel de comunicación tanto de asuntos importantes como triviales. No descalificar una conversación por considerarla “cosa de críos”. 
FAMILIA ACTUAL/ACEPRENSA

5 de abril de 2013

E S C R A C H E














Alejandro Llano

El filósofo y catedrático Alejandro Llano valorael fenómeno de los "escraches", las manifestaciones que se realizan ante las casas de los políticos. Llano señala que es necesario construir todo desde abajo de nuevo en nuestra democracia.

Eso del "escrache" es una palabra tan fea como lo que significa. Puestos a importar vocablos de otros idiomas, no elegimos los mejor sonantes, sino que acudimos a la papelera de los desechables.

Hasta en eso se nos nota la penuria mental, que es sin duda la causa profunda de esos fenómenos lamentables que pueblan las páginas de los periódicos. Casi se siente uno agradecido de que, entre los pocos efectos benéficos de la crisis, se encuentre la disminución de la superficie disponible en los diarios que seleccionan lo que pasa en España con tan escaso criterio estético.

Nuestro país acusa una pobreza intelectual clamorosa. No es otra la raíz profunda de nuestros pesares. Tenemos -a derecha y a izquierda- unos políticos vacíos de toda sustancia. Pero tomarlos como chivos expiatorios no se le ocurriría ni al mismísimo René Girard, porque no dan ni siquiera para eso. Políticos, economistas, escribidores de periódicos, autoridades académicas y demás supuestas minorías rectoras se caracterizan entre nosotros, mayormente, por su mediocridad. Uno se pregunta: ¿de dónde han salido? Y yo me apresuro a contestar: de nuestro sistema (público y privado) de enseñanza, desde la primaria hasta las universidades. En ninguno de estos niveles se considera, hoy por hoy, que enseñar a pensar, animar a leer libros, aprender a razonar y a discutir, o cualquier otra de las artes que tienen que ver con el uso de la razón, sea algo interesante y provechoso para niños y jóvenes. Toda la fuerza se nos va en el deporte, el mal aprendizaje de idiomas extranjeros, los viajes, la construcción de nuevos edificios... y la confección de nuevos planes de estudios.

Hasta el propio ministro Wert, que parecía una persona seria y valiente, está promoviendo una auténtica escabechina de las humanidades en la enseñanza secundaria. Sin ir más lejos, la mayoría de los estudiantes de ESO y Bachillerato estudiarán un 66% menos de Filosofía cuando se implante la LOMCE tal como está programada. Ni los más pesimistas podrían prever que añoraríamos la etapa de la educación socialista, nefasta en tantos aspectos.

 Con este tipo de fundamentos mentales, lo único que se nos ocurre es protestar, y no precisamente contra los que tienen la culpa, sino contra cualquier personaje público que viva en una calle transitada y se sepa cuál es el piso y la mano donde habita.

Así las cosas, no queda más remedio que desconfiar sistemáticamente de quienes están en puestos de responsabilidad, sea cual fuere el nivel, y empezar a reconstruir la casa desde abajo. Toda auténtica renovación social y cultural se ha hecho así: sobre la base de los pequeños grupos autónomos que no se dejen manipular ni controlar por quienes son los culpables de nuestros males. Y esto vale desde la revolución francesa, hasta la revolución americana, sin excluir a los soviets. Aquí y ahora, el campo de actuación más urgente es la cultura y la educación.